" Creo que los cuentos son superiores a sus novelas. Las novelas, por otra parte, nunca concluyen. Tienen un número infinito de capítulos, porque su tema es de un número infinito de postulaciones. A mí me gustan más sus relatos breves y aunque no hay ahora ninguna razón para que elija a uno sobre otro, tomaría aquel cuento sobre la construcción de la muralla. Yo he escrito también algunos cuentos en los cuales traté ambiciosa e inútilmente de ser Kafka. Hay uno, titulado "La Biblioteca de Babel" y algún otro, que fueron ejercicios en donde traté de ser Kafka. Esos cuentos interesaron, pero yo me di cuenta que no había cumplido mi propósito y debía buscar otro camino. Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso. Empecé siendo barroco, como todos los jóvenes escritores y ahora trato de no serlo. Intenté también ser anónimo pero cualquier cosa que escriba se conoce inmediatamente".
J.L. Borges
J.L. Borges
Azalea alienada
Azalea jugaba con el cadáver. Escuchó como le trono el dedo gordo cuando le estiró con fuerza. Tenía 10 años. Su papá la llevaba con él todas las tardes a la universidad, desde que ella salía de la escuela, hasta que él terminaba de dar clases de anatomía en la facultad. Siempre que podía, Azalea se escapaba y se metía al anfiteatro para visitar a 3579. Azalea recorría con sus dedos todo el contorno del frió, seco y estoico cadáver. No sentía ningún asco o miedo.
La primera vez que entró al anfiteatro, una amiga de su misma edad la acompañaba, cuando está vió al borde de la cama metálica; por entre la sabana blanca una mano verdosa, dio un grito agudo y cortado, después cayó al suelo, desmayada. Azalea, en cambio, se acercó. Sintió una pesadez estomacal, comprimía como en espasmos el pecho, una curiosidad extravagante la dominaba. Tomó a su amiga de los zapatos, la arrastró hasta el otro lado de la puerta y la dejó alado de un bote de basura.
Esta vez, Azalea pasaba sus dedos sobre el abdomen de 3579. Dejaba arastrar sus uñas sobre la acartonada piel. Cuando llegó al pecho, le propino tres golpes a la altura del corazon. Después jaló todo lo que pudo el inerte brazo, lo giro hacía la izquierda y ejercio presion a nivel de la muñeca. Abrió la piel que ya estaba recortada por los estudiantes, y se fijó con atención en las venas púrpuras; verdosas, que se perdían en la enramada de las articulaciones y huesos de la mano. Metió su dedo índice y le dio forma de gancho atrapando una vena, después jaló con fuerza partiéndola en dos, desprendió un pedazo, se lo metió a la boca y comenzó a masticarlo. Lo masticó frente a él por un largo tiempo, en silencio.
Los ojos del "Cadáver numero 3579" la miraban. Estaba segura de que el tipo la acusaba de caníbal. Azalea, con excitación se quitó su mochila, la puso sobre las piernas cadavéricas de 3579, abrió el cierre y de ella saco un lápiz. El pelo de Azalea se escurría por sus hombros, volvió a mirar a 3579... -¿Crees que soy un especie de caníbal? Frió cadáver, ¿Crees que solo es el hastió?- 3579, por supuesto, no respondió nada. Azalea se acercó más al rostro mortuorio y cadavérico; le sujetó la frente rígida con su mano izquierda, y con un golpe rapido y sertero, le introdujo el lápiz por el oído con la derecha. Se escuchó un ruido extraño que rebotó en las paredes de la sala y se debilitó con un chillido final. El olor a formol le daba dolor de cabeza.
Esta vez, Azalea pasaba sus dedos sobre el abdomen de 3579. Dejaba arastrar sus uñas sobre la acartonada piel. Cuando llegó al pecho, le propino tres golpes a la altura del corazon. Después jaló todo lo que pudo el inerte brazo, lo giro hacía la izquierda y ejercio presion a nivel de la muñeca. Abrió la piel que ya estaba recortada por los estudiantes, y se fijó con atención en las venas púrpuras; verdosas, que se perdían en la enramada de las articulaciones y huesos de la mano. Metió su dedo índice y le dio forma de gancho atrapando una vena, después jaló con fuerza partiéndola en dos, desprendió un pedazo, se lo metió a la boca y comenzó a masticarlo. Lo masticó frente a él por un largo tiempo, en silencio.
Los ojos del "Cadáver numero 3579" la miraban. Estaba segura de que el tipo la acusaba de caníbal. Azalea, con excitación se quitó su mochila, la puso sobre las piernas cadavéricas de 3579, abrió el cierre y de ella saco un lápiz. El pelo de Azalea se escurría por sus hombros, volvió a mirar a 3579... -¿Crees que soy un especie de caníbal? Frió cadáver, ¿Crees que solo es el hastió?- 3579, por supuesto, no respondió nada. Azalea se acercó más al rostro mortuorio y cadavérico; le sujetó la frente rígida con su mano izquierda, y con un golpe rapido y sertero, le introdujo el lápiz por el oído con la derecha. Se escuchó un ruido extraño que rebotó en las paredes de la sala y se debilitó con un chillido final. El olor a formol le daba dolor de cabeza.























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