En el tallo de la ignominia, se dejaban ver los vasos de alcohol y los asientos manchados de amarillo. Los muebles viejos arrugados y las sombras de unas fulanas que parecían tener prisa por entrar a un cuartucho arrinconado en el lugar. El lugar (pequeño, de unos 20 x 35), estaba tan frió que pareciese ser uno de esos lugares llenos de trabajadores de gobierno; gordos y acalorados trabajadores que, por su complexión física, hacían bajar siempre la temperatura de sus oficinas.
Con el frió ambiente y las nubes gigantes que se paseaban en el techo azulado: grandes nubes de humo de cigarrillo, se obtenía la escena poco ornamentada del establecimiento.
Sentados todos, tomando todos. La serpiente se subía al escenario, le daba unas indicaciones con los dedos, alzando la mano hasta que estuviese a la vista del hombre que programa las canciones: le decía que pista poner.
La música empezó. La fémina serpenteo al sentir el ritmo envolvente de la música. Se involucraba tanto con los atesorados fantasmas sociales que, sentados, seguían aquel ritmo peligroso con el pie derecho, tanto, que de vez en vez les aventaba besos con la mano desocupada que tendía hacia la nada. Asestaban golpes en el piso alfombrado, con el tu-pan, tu-tu, tu-pan, tupan, tupan, tupan; lo marcaban con sus zapatos-tenis negros, otros lo hacían con los de charol y algunos no invertían en eso y solo, con la expresividad de sorpresa en la cara, veían a la mujer serpiente balancearse de un lado a otro.
Estaba de aquí y allá. La mujer se apoderaba del tubo, lo hacia parte de su cuerpo. Era como si aquel pedazo de metal hueco, pudiese, en otra dimensión haberle pertenecido, perteneciéndole en aquel tiempo como otra extremidad. Se adormecía en él unos segundos; daba varias vueltas; se entregaba.
El sudor le escurría por los sobacos, entre los senos; se arremolinaba en el ombligo, recorría todo el camino de la pelvis. Mucho de él se quedaba impregnado en el tubo. Se respiraba siempre el olor a sudor cuando uno se acercaba a la bella serpiente. Las gotas del mismo salían despedidas a quien sabe donde desde las puntas del pelo, se escurrían primero del cuero cabelludo hasta las puntas y de las puntas al aire.
Los movimientos corporales de aquella diosa: mitad diosa, mitad serpiente, la diosa serpiente del “Andrea’s”. Los movimientos corporales eran violentos, casi finamente estudiados. Subía y se agarraba fuertemente del tubo con las entre piernas como si fuese un animal salvaje. Caminaba y aventaba un beso al más lejano de la mesa, esté, respondía con un salvaje grito como sabiendo que de selvas se trataba.
El sexo réptiliano de la salvaje, se apretujaba al tubo. Cuando se inclinaba se podía ver; si uno así lo quería, las partes rasuradas del pliegue interior de alrededor de las nalgas. Nada de pena demostró cuando se dejo caer la prenda que le cubría las tetas. La gente gritaba y se arremolinaban en los asientos. Yo estaba impávido ante tal situación…, sus movimientos eran mejores que el par de tetas que enseñaba, ese par de tetas que demostraban haber estado en pasado tiempo, mucho mejores que en el presente.
El sexo seguía comprimiéndose en el tubo, se apretujaba siempre. El sexo parecía ser el show final.
La espalda era una cosa de cuidado. Su curvatura tenía que ver directamente con la tensión sexual en el ambiente que, sin flotar en el techo, se dejaba sentir por todos los poros de alrededor de los miembros erectos de los ahí presentes. Era una columna curveada, llena por los bordes de harto-sudor. Se desplegaba solo cuando tenía que alzarse para hacer una peripecia sexual en el tubo fálico. Es como si toda la energía violenta de las miradas que la doblaban en la mente, se manifestara de tiempo en tiempo en la columna ornamentada por la prenda de vestir que le cubría de manera inteligente las nalgas.
Cuando el recurso rítmico estaba a punto de llegar al final. La serpiente con un movimiento ágil; como convertida su mano derecha en una delgada y rápida serpiente. “Serpentina extremidad de serpiente”, le aviso al tipo de la música que pusiera un ritmo lento.
Estando yo consciente de que al show le restaba una rolita más para terminar. Me contuve de pensar en el post que escribiría de la mujer serpiente y preste a atención a lo siguiente: la flexible, que se enredaba ya de un tirón con el cuerpo empujado hacia el metal, se desnudo, primero del nudo y después del cuerpo. Las nalgas se asomaron de entre las piernas demostrando que eran más bellas que las anteriores, el sexo completamente bañado en sudor y en…, tal vez saliva de algún otro tipejo, se mostraba en y por completo, y cada vez que se repagaba al tubo…, pensaba, yo, que: dejaba impregnadas sustancias viscosas de alérgico olor.
La serpiente…, serpenteaba entre el piso; escenario, del pequeño lugar. Se hacía escuchar con sus movimientos y respetar con su impúdica arritmia crepuscular.
Dio tres o cuatro vueltas más. El baile se disipaba…, los movimientos eran ahora más lentos...
... Un par de hombres la izaban de las caderas y la bajaban de las tablas. Cuando no hubo más canción, se escucho el temblar de sus altos tacones estremecerse casi al tocar el piso. Las prendas que sostenía con la mano; extremidad serpentina, las soltó. Se dejaron caer al suelo. Las palmas de sus manos, estando yo cercas, se las note blancas…, del color fantasmal de las que están sin sangre.
La bailarina resulto muerta en el mismo instante en que los hombres gritaban con fervor que aún respiraba. ¡Llamen a alguien! ¡No se apretujaren! ¡Déjenla respirar!
Sin más, el cuerpo inerte de la mitad diosa, mitad serpiente: “Diosa serpiente”, cayó al suelo, haciendo un sonoro “Pauk” con su cuerpo y el piso alfombrado. Antes de que los auxilios llegaran, la serpiente Diosa se retorció de manera -instintiva y post mortem-dijeron los paramédicos,-¡de muerta!, se mueve de muerta; es como su estirón de patas- dijeron, mientras ella se retorcía en el piso alfombrado del Andrea's. Como una verdadera serpiente salvaje.























2 glossas:
Es como la sutíl salida del verdadero instinto femenino.
Sentir poco a poco el calor , analizar el ambiente, sentirnos seguras y por supuesto, poco a poco ir deslizando el cuerpo con cautela, paciencia y seguridad.
A la primera alerta de peligro se levanta la cabeza y se abre la boca, si el peligro es intenso se suelta el veneno y si no es así se sigue el camino y el desliz es más suave y más calido y esta vez con más cutela...
Suave, sutíl y pasajera... así es la personalidad de muchas mujeres...
Gracias por este traslado de mundo...
Esta es más sexoso que poetico ^^
Muchas gracias por dejar el comentario Sonia ;)
Por eso te quiero rete-harto.
Nos estamos viendo...
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